Dios
Don nadie, 62, Alcorcon
Todos los días manolo se ponía su traje, sé calaba el casco y con su silbato se dirigía hacia aquel cruce de caminos.
A toque de silbato manolo controlaba el tráfico. El decidía quien pasaba y quién no.
Aceleraba la vida de la ciudad o la mantenía en un absoluto letargo.
Se sentía el hombre más importante del mundo.
La gente dejó de llamarle manolo.
Ahora le llamaban dios.
A toque de silbato manolo controlaba el tráfico. El decidía quien pasaba y quién no.
Aceleraba la vida de la ciudad o la mantenía en un absoluto letargo.
Se sentía el hombre más importante del mundo.
La gente dejó de llamarle manolo.
Ahora le llamaban dios.