Él
Quers, 31, Culleredo
Sandra nunca había creído en el destino. Su lema era: «Que todo fluya y nada influya».
Hasta que apareció él: moreno, de ojos negros y voz angelical.
El tiempo se congeló.
No podía respirar; su corazón golpeaba su pecho con tal fuerza que sentía que todos los de la sala podían escucharlo.
¿Acaso eso era lo que se sentía al morir de amor?
—Enhorabuena, Sandra. Es un niño.
Y entonces lo supo: su destino, ahora sí, era cuidar de esa criaturita hasta el fin de sus días.
Hasta que apareció él: moreno, de ojos negros y voz angelical.
El tiempo se congeló.
No podía respirar; su corazón golpeaba su pecho con tal fuerza que sentía que todos los de la sala podían escucharlo.
¿Acaso eso era lo que se sentía al morir de amor?
—Enhorabuena, Sandra. Es un niño.
Y entonces lo supo: su destino, ahora sí, era cuidar de esa criaturita hasta el fin de sus días.