Umbral
María Fernández, 31, Ames
La gota se deslizaba lentamente sobre el cristal de la ventana, frágil y silenciosa, marcando su destino inevitable: desaparecer, evaporarse. Encerrada en casa, ya más sombra que luz, decidió que no quería ser esa gota ni ninguna otra. Quería otro final: riesgo, emoción, vida intensa. Se colocó el chubasquero, respiró hondo y abrió la puerta. El aire fresco la envolvió, acarició su rostro, y al mirar al cielo, el sol surgió entre las nubes grises, iluminando su camino. Por primera vez en años, sintió la plenitud de estar viva y la fuerza de elegir su propio destino.