Arrullo
Gema, 37, Valladolid
Cuando separé a Silvio de su madre sentí una punzada en el pecho, una culpa ahogante. Pero él, pequeño y tembloroso, salió de la leñera y me eligió sin saberlo. Con el tiempo, me convertí en su refugio, su hogar. Duerme en mi pecho, con el ritmo de mi corazón como arrullo, y se acurruca cada noche buscándome. Un guardián que sana, siempre sana. Su mirada me encuentra, como si supiera lo que siento antes que yo. Estamos unidos por un halo que nos envuelve y protege. Nos pertenecemos, en un idioma sin palabras.