Música improvisada.
Agosto, 61, A Coruña
La orquesta tocaba en la plaza. Los agudos de las gaviotas se mezclaron con los graves, en plena armonía. La más atrevida, rumbo destino desconocido, extendió sus alas y se coloco detrás del director. Los dos dirigían la orquesta a dúo, en perfecto paralelismo. Las campanadas marcaron las diez, al unísono con cada golpe del tambor, al compás. Aquella melodía inesperada llegó a mis oídos. Durante unos segundos, los fascinación siguió ondeando en mi cabeza hasta que los aplausos del público me devolvieron a la noche y las primeras notas de la siguiente pieza empezaban a sonar.