CAST / GAL

La piedad
Cafelina, 45, sada

Habían pasado ya tres meses, pero mi corazón seguía ahogado por un puño invisible.
Las lágrimas eran inútiles: nunca más vería a Ángel.
Me detuve frente al portal del trabajo con el manojo de llaves en la mano. Mi torpeza las precipitó por el hueco de un ventanuco roto del parking.
Estiré el brazo para alcanzarlas y toqué algo cálido; pegué el rostro al cristal ámbar y vi dibujada la figura de un gatito casi inmóvil.
Tiré de él y lo cobijé bajo la chaqueta, apretado contra el pecho que latía aliviado.
Ángel, de algún modo, había vuelto.
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