Destino con brújula
Abelardo, 69, Ferrol
Cargaba una brújula rota y un mapa sin nombres. El viento le hablaba en lenguas que no entendía, pero igual avanzaba. Cada paso desdibujaba el camino anterior, como si el suelo se arrepintiera de haberlo sostenido. El cielo, siempre cambiante, jamás prometía dirección. No huía ni buscaba, simplemente era arrastrado por la idea de que algo —quizá nada— lo esperaba. En su pecho, una semilla de duda florecía en silencio. El destino no era un lugar, pensó, sino la danza entre el miedo y la esperanza.