Golpe de suerte
Ibán, 42, A Coruña
Siete de la mañana, el despertador salió lanzado de la cama. Café tibio, camisa mal planchada y corrió a enlatarse en el autobús de siempre. En la pantalla del móvil, correos del trabajo parpadeaban como una cuenta atrás.
Diez minutos para la reunión y el tráfico era un muro de metal. Sintió un crujido en el pecho; la respiración se revolucionaba. Cerró los ojos rezando un milagro. Justo entonces, un frenazo violento lo estampó contra el asiento delantero. Entre alaridos ajenos y cristales rotos, sonrió aliviado: tenía la coartada perfecta.
Diez minutos para la reunión y el tráfico era un muro de metal. Sintió un crujido en el pecho; la respiración se revolucionaba. Cerró los ojos rezando un milagro. Justo entonces, un frenazo violento lo estampó contra el asiento delantero. Entre alaridos ajenos y cristales rotos, sonrió aliviado: tenía la coartada perfecta.