Parada de Autobus
Jorge Eduardo, 35, Benavente
Despertó antes del alba. Se puso el abrigo sin encender la luz, dejando a su marido dormido, y la cafetera, fría. Caminó hasta la parada del autobús, sintiendo en los bolsillos la carta de renuncia que había escrito la noche anterior. Nunca había sido valiente, decían. Pero esa mañana despertó con la tenacidad que había almacenado desde que dio el sí en la iglesia. Subió sin mirar al conductor. Solo un bolso con lo justo. Miró por la ventana empañada. Imaginó todo lo que vendría después: un cruce, un tren, una puerta abierta. Y esta vez, no pensaba volver.