Rodar y rodar
Voynich, 47, Madrid
Cada bicicleta tiene su propio sendero. Podemos engañarlas por un tiempo, hacer que suban montañas fatigosamente, o que duerman en un sótano acumulando polvo, o que rueden contra su voluntad por los atardeceres bucólicos de un paseo marítimo, pero al final, siempre, acaban regresando al destino que les fue otorgado. Y es por eso, Martina, sólo por eso, por lo que cada vez que me subo a mi vieja Gazelle acabo sin remedio frente a tu puerta.